
Jean Marie Straub y Danielle Huillet comprendieron que en el fondo todas las biografías se parecen y que la obra es más importante que el hombre que la realiza. Por eso decidieron realizar una película sobre Johan Sebastian Bach en la que aquellos clásicos highlights de vida se vieran subordinados a lo que, en definitiva, nos importa del alemán: su música. Se oye a su mujer recitar unas crónicas telegráficas, desprovistas de toda emoción y conflictividad (“Hoy fuimos a Leipzig. En el camino murió uno de nuestros hijos”) que sirven sólo para enmarcar la historia, para establecer una cronología, pero el corazón del film está en otra parte. Lo que la película pone en escena es la música, el acto performativo en sí, pero no estamos hablando aquí de un musical o un recital filmado, sino de algo más, de una reconstrucción de época, de la obra como sinécdoque de una vida, del momento mágico en el que registro (documental, de hombres ejecutando sus instrumentos, de música fluyendo) y representación se dan la mano. De esta manera los Straub dejan en claro que no es necesario conocer los pormenores de una vida para entender a un hombre y mucho menos a su obra. La obra es. Y la obra es el hombre, a veces de una forma más genuina que una serie de sucesos personales más o menos importantes.